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Las Santa Ampolla. Puoi leggere quest’articolo in italiano cliccando qui

Dibujo del primer relicario de la Santa Ampolla

Así se llama la ampolla que contenía el aceite con el que se ungían a los reyes de Francia, en la ceremonia de su consagración, en la catedral de Reims.

El mito o la leyenda comienza con el bautismo en el 496 del rey Clodoveo (466-511) por parte del obispo de Reims, Remigio, posteriormente canonizado. Clodoveo, rey de los Merovingios y ‘fundador’ de las sucesivas dinastías francesas, se convertía al cristianismo niceno tras su bautizo (es decir según las resoluciones del Concilio de Nicea1 contra el arrianismo). Y esto implicó, al mismo tiempo, una gran victoria de la Iglesia ‘oficial’ y una gran derrota del arrianismo.

Bautismo de Clodoveo por el obispo de Reims, Remigio. Miniatura del siglo XIV

Clodoveo, como sucesivamente también Carlomagno, u otras monarquías de origen bárbaro que desplazaron al imperio romano, comprendió la importancia de la religión para la consolidación del poder, que ejerció y amplió en alianza con la Iglesia la cual ‘otorgaba’ la legitimidad para ejercerlo.

Cuenta la tradición que en el momento del bautismo de Clodoveo, un ángel, en forma de paloma apareció en el cielo llevando en el pico una ampolla con el aceite sagrado con el que el obispo Remigio bautizó al rey. Hincmaro, arzobispo de Reims (860-882) es la primera persona que se refiere a este milagro al contar la historia, en el 860, en una ceremonia en honor de San Remigio y después en la de consagración de Carlos el Calvo en Metz, en el 869, como rey de Lotaringia. Pero ninguna de las fuentes contemporáneas de Clodoveo o anteriores a Hincmaro lo menciona.

Es posible que Hincmaro recurriera a las fuentes orales que se transmitían de generación en generación. Pero el hecho es que ‘incorporó’ este prodigio en su obra ‘Vida de San Remigio’, en la que describe cómo se desarrolló la ceremonia del bautismo de Clodoveo: el santo crisma faltó porqué, a causa de la gran muchedumbre reunida, el diácono que tenía que llevarlo no había podido llegar a tiempo. Entonces el santo prelado, levantando los ojos y las manos al cielo, vio una paloma, más blanca que la nieve, llevando en el pico una pequeña ampolla con dentro el sagrado crisma.

En realidad, Hincmaro no hizo más que ‘oficializar’ una práctica que se había vuelto normal en su época, es decir la de ungir a los reyes de Francia con el presunto aceite de Clodoveo. Con este gesto quedaba patente la idea de que el rey es designado por Dios a través de la mediación de sus representantes en la tierra, los cuales otorgaban el poder gracias a la unción. Evidentemente esto favorecía el orden político asegurando, al mismo tiempo, el poder espiritual de los arzobispos de Reims.

Ejemplos en los que inspirarse no le faltaban. En los Evangelios, durante el bautismo de Cristo aparece una paloma en el cielo, símbolo del Espíritu Santo, como en Mateo 3:16-17: “Tan pronto como Jesús fue bautizado, subió del agua. En ese momento se abrió el cielo, y él vio al Espíritu de Dios bajar como una paloma y posarse sobre él. Y una voz del cielo decía: «Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él.»”

Bautismo de Clodoveo por el obispo de Reims, Remigio. Bajorrelieve en marfil, siglo IX. Museo de Amiens

Cristo significa ‘el ungido’ así como fueron ungidos David y Salomón, en el Antiguo Testamento, y su nombre tiene la misma raíz de la palabra ‘crisma’, el aceite santo utilizado en el bautismo. Un bajorrelieve de marfil del siglo IX representa el bautismo de Clodoveo con la paloma llevando la ampolla en el pico. Es probable que el artista haya así querido representar simbólicamente la trascendencia divina del evento y que en cambio haya sido después interpretado, de forma literal, como realmente sucedido. Pero es pura especulación.

Pero la ampolla existía de verdad. Hincmaro habría podido encontrarla en la tumba de San Remigio, cuando en el 852 ordenó el traslado de sus restos para ponerlos a salvo de las incursiones normandas. Algo no imposible ya que era bastante normal, en época galo-romana, meter en los sarcófagos ampollas con bálsamos. En cualquier caso, recipientes de este tipo que contenían el aceite santo para los rituales, también con forma de paloma, estaban bastante difundidos en las iglesias y baptisterios de la época.

Es probable que el primer rey en recibir la santa unción en Reims fuera Carlos III el Simple (893), pero fue seguramente a partir de la consagración de Enrique I en 1027 cuando podemos certificar, sin lugar a dudas, la certeza de su uso. Fueros treinta en total los reyes consagrados con este rito, es decir todos los reyes de Francia desde ese momento en adelante -el último fue Carlos X (1825)-, con la excepción de Luis VI el Gordo, coronado en Orléans (1108), Enrique IV en Chartres (1594) y Luis XVIII (1815) que nunca fue coronado.

Catedral de Reims

La ampolla fue engarzada en un relicario realizado alrededor del siglo XII. Actualmente ya no existe porque fue destruido durante la Revolución Francesa, como veremos más adelante. Por un dibujo del mismo podemos hoy saber cómo estaba hecho. La ampolla estaba sujeta en el pecho de una paloma en bajorrelieve, inscrita en un rectángulo que, a su vez, estaba engarzada en una suerte de plato adornado con piedras preciosas. Todo el conjunto era de plata dorada. Alrededor del plato se encontraba sujeta una cadena que el abad se colgaba del cuello cuando llevaba el relicario para la consagración. El vial medía 42 mm, y estaba lleno hasta los dos tercios de un bálsamo rojizo, consistente. Al lado del vial había una ‘aguja’ de oro que servía para sacar el bálsamo que se mezclaba con el santo crisma.

Se creía que la cantidad de bálsamo contenida en la ampolla no disminuía nunca ya que la parte que se sacaba para la consagración se volvía a formar en seguida. Además, parece ser que la salud del rey de Francia podía influir en su contenido: su nivel disminuía cuando el rey estaba enfermo para aumentar cuando sanaba.

En el momento de la consagración se sacaba una pequeña parte del bálsamo con la aguja del relicario y se mezclaba con santo crisma sobre una patena. Una vez terminada la ceremonia, la parte que quedaba de la ‘mezcla’ se volvía a meter en la ampolla.

La ceremonia de consagración inicialmente se limitaba a una sencilla unción en la frente. Con el tiempo fue, poco a poco, durante los siglos, modificada incorporando nuevos rituales, como la coronación, la entrega del cetro y el juramento de defender la Iglesia, el anillo y la espada de caballero, el juramento de los herejes…

Ceremonia de consagración del rey de Francia

El abad de San Remigio llevaba solemnemente la santa ampolla desde da abadía (donde se conservaba) hasta la catedral de Reims. Inicialmente a pie, luego a lomos de una yegua blanca, y finalmente, bajo un baldaquino llevado por los Caballeros de la Santa Ampolla. A los cuatro lados del baldaquino había cuatro grandes señores designados por el rey, llamados ‘Rehenes’, que entraban a caballo en la catedral, cada uno precedido por un escudero. Se llamaban ‘Rehenes’ porque habían hecho juramento de proteger el relicario con su vida. El abad ofrecía la ampolla al arzobispo que procedía a la consagración. Después de mezclar el bálsamo de la ampolla con el crisma, trazaba nueve unciones en forma de cruz sobre el soberano, mientras pronunciaba las palabras rituales, en varias partes del cuerpo: sobre la cabeza, en el pecho, entre los hombros, en el hombro derecho, en el izquierdo, en la doblez del brazo derecho y en la del brazo izquierdo. Y por último, después de haber sido revestido, sobre las palmas de las manos.

El relicario de la santa ampolla estaba custodiado en la abadía de San Remigio y se sacaba solo en ocasión de la consagración de un rey. Hubo una sola excepción: Luis XI (1483) quiso la ampolla cerca de su lecho de muerte, y le fue concedido.

Este rito prosiguió hasta 1793. El 7 de octubre de aquél año los revolucionarios entraron en la abadía de San Remigio y sustrajeron el relicario. A continuación el revolucionario Rhul rompió la ampolla sobre el pedestal de la estatua de Luis XV, que ya había sido desmontada para ser destinada a ser fundida para hacer cañones.

El hecho de destruir la santa ampolla implicaba, a vista de todos, que el vínculo ‘privilegiado’ entre Dios y la monarquía se había roto definitivamente, e incluso quería negar la sacralidad de la coronación de los reyes y de su función. Un gesto cargado de simbología, tanta como tenía la ampolla…

Nuevo relicario de la Santa Ampolla. Palacio del Tau, Reims

Los fragmentos de la ampolla habrían sido recogidos por algunas personas que asistieron a la escena, habiéndolos después llevado de nuevo a la catedral de Reims. De los trocitos de vidrio fue posible recuperar una pequeña parte de su contenido, que fue escondido. Después de la restauración, en 1819, el arzobispo de Reims mezcló el contenido recuperado de la ampolla con santo crisma que depositó con solemnidad en una nueva ampolla. Fue comisionado un nuevo relicario para acoger esta nueva ampolla y su contenido se utilizó por primera vez en 1825 para la consagración de Carlos X, el último rey de la lista.

El nuevo relicario se encuentra en el Palacio del Tau, que fue la sede del arzobispo de Reims. Es una especie de arqueta que apoya sobre un pedestal con en la base los medallones de los reyes de Francia, dos bajorrelieves que representan el bautismo de Clodoveo y la consagración de Luis XV. No falta Juana de Arco que presenta el escudo de Francia. A los cuatro lados unos angelitos llevan las insignias reales y los instrumentos de la pasión. Sobre la tapa de la arqueta, que contiene la ampolla, está la paloma.

Pero el sagrado bálsamo ya no está allí. En 1906, a causa de su expulsión después de la separación Estado-Iglesia, el arzobispo de Reims, temiendo otra profanación trasladó el crisma a otra ampolla de vidrio que llevó consigo. Esta ampolla se conserva en el arzobispado. A partir de ese momento el bálsamo fue de nuevo utilizado en 1937, para consagrar el altar mayor de la catedral de Reims después de su restauración, como símbolo de reparación los desastres caudados por la Primera Guerra Mundial.

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1.- Convocado y presidido en 325 por el emperador Constantino para dirimir las controversias surgidas en el ámbito dogmático suscitadas sobre todo por el arrianismo. El arrianismo no reconoce la doble naturaleza de Cristo, divina y humana, sino solo la humana. En este Concilio el arrianismo fue condenado y declarado herejía.